SK dialogó con Cristiano Rattazzi quien repasó su vida donde combino su pasión por los autos, el mundo empresario y el deseo de ver un país en crecimiento.
Formado en algunas de las instituciones más prestigiosas del mundo, Cristiano Rattazzi combinó desde joven la adrenalina del automovilismo con el rigor del mundo corporativo. Lideró Fiat en momentos decisivos, atravesó crisis, impulsó grandes inversiones y defendió siempre su convicción en la libertad económica y el rol del sector privado. Valora la constancia por encima de los discursos y sigue de cerca los desafíos de su país. Recordó además su infancia y su educación que le marcaron el rumbo.
Nací en la clínica Bosch de Palermo, Buenos Aires, y viví hasta los 7 u 8 años entre el barrio de Belgrano y el campo, en Balcarce. Y aquí, como en Italia, la formación fue una prioridad de familia para transitar el mundo de la empresa con competencias sobradas para hacer carrera y no por ser portador de apellido. En Argentina tuve maestros particulares y asistí a la escuela número 28 de Balcarce, Juan Bautista Cabral, y en Italia concurrí a las mejores instituciones educativas: el instituto jesuita Massimiliano Massimo de Roma, donde tuve de compañeros a Luca di Montezemolo y a Mario Draghi, quien fuera presidente del Banco Central Europeo y primer ministro de Italia, y después, como pupilo, el Liceo Naval F. Morosini en Venecia. Finalmente, la licenciatura en Economía y Comercio en la Universidad Luigi Bocconi, casa de renombre internacional. Y al poco tiempo de haber vuelto a la Argentina hice un MBA en Harvard University. En todo este recorrido fui sintiéndome cómodo con varios idiomas. Obviamente, el italiano y el castellano, pero también el inglés, el francés y el portugués brasileño.
¿Siempre supiste que querías dedicarte a los negocios o hubo alguna otra pasión en tu juventud?
No. Soñé con la idea de ser piloto profesional, actividad que desarrollé tanto de forma amateur como alguna vez siendo parte de un equipo oficial. Con Luca di Montezemolo, un gran amigo desde la adolescencia, hicimos las primeras travesuras con base en Italia, incluyendo las 84 horas de Nürburgring, el mismo año que corrieron Los Torinos, el Tour de Córcega, el Rally de Montecarlo, Targa Florio, etcétera. También corrí en Argentina, en la Vuelta de la Manzana y tantas otras competencias. Pero, la decisión de dedicarme a la vida empresarial, a la vida corporativa, fue muy racional. Si hubiese sabido que iba a tener pocos años, pocas décadas, de vida, tal vez la elección de continuar en el automovilismo como profesional hubiese sido una buena elección por la adrenalina que conlleva y además porque era bastante bueno, pero siendo que las expectativas de vida superaron holgadamente las cinco décadas (no falta mucho para que encare la octava) los negocios y la vida corporativa fueron una gran decisión, quedando el automovilismo, como el pilotaje de aviones y helicópteros, y otras actividades deportivas, como hobbies.
¿Cómo marcó tu visión de los negocios el hecho de haberte formado académicamente en Italia y Estados Unidos?
Sin duda la Bocconi, como luego Harvard, me dieron background y bases sólidas para surfear cómodamente en el mundo corporativo y seguir con inquietud los grandes dilemas económicos que se viven en el día a día, tanto a nivel local como internacional. Diría que Bocconi me dio una formación clásica y más teórica, mientras que Harvard fue una ducha de pragmatismo, de realismo, para encarar negocios.
¿Cómo fue el desembarco de Fiat en la Argentina y qué desafíos enfrentaron en los primeros años?
Mi primer contacto con Fiat en la Argentina fue la de Fiat Concord, un gran conglomerado de unidades de negocios (replicando los que Fiat tenía en Italia) y que la hacían la más importante empresa privada del país. Pero entonces, entre 1970 y 1971, solo fui un stagiare, colaborando con Enrique Olivera, uno de los directores de la organización que presidían Peccei y Oberdan Sallustro. Y después de Harvard comencé como director de planeamiento en Fiat Automoveis en Brasil, que recién estaba desembarcando, en 1973. Seguidamente fui presidente de Fiat Venezuela y antes de regresar a la Argentina, fui presidente y director general de Iveco Francia. Regresé en 1981, como director de planeamiento de Impresit-Sideco. Estuve hasta 1996 dedicado al negocio de la construcción en Impresit, Impregilo e Iglys, que se ocupaban de las principales grandes obras de infraestructura como Yacyretá, Piedra del Águila, Casa de Piedra y el aeropuerto de Ushuaia, obra en la cual estuve involucrado personalmente por mi pasión, por el valor. Recién en 1996 me sumé al nuevo desembarco de Fiat en el país, con el fin de la licencia que tenía Macri a través de Sevel y la constitución de Fiat Auto Argentina y de una planta totalmente nueva en Córdoba, con una inversión de más de 600 millones de dólares de entonces. Fue un desafío de primer orden para toda la organización: levantar una nueva planta desde cero y de nivel mundial; formar e integrar a la empresa profesionales, operarios, una importante cadena de proveedores y relanzar una red de concesionarios con el compromiso de elevar la imagen de la marca y la calidad de los servicios. Fiat Siena fue el primer lanzamiento de un modelo desde Argentina para el resto de los mercados, esencialmente Brasil y demás países del mundo.
Lideraste Fiat Argentina durante décadas. ¿Qué momentos destacarías como hitos clave de esa etapa?
A pesar de que fue un momento triste y complicado, un hito que no puedo olvidar fue a fines de los 90, cuando a raíz de los graves problemas macros que derivaron de la devaluación de Brasil y la crisis financiera, tuvimos que cerrar la planta, replegarnos, reducir la plantilla y evitar que Fiat abandonara la Argentina y cediera la planta a terceros.
Obviamente hubo otros hitos que fueron momentos de satisfacción. Cada nueva inversión realizada. En mi ciclo como presidente de Fiat Auto y después de FCA Automóviles Argentina tras la fusión de Fiat y Chrysler, me tocó encabezar tres momentos de fuertes e importantes inversiones para modernizar, ampliar la planta y lanzar nuevos productos (el último que me tocó fue el Fiat Cronos), y fueron trascendentes, porque en esos momentos la organización se transforma y genera futuro para muchos nuevos o viejos colaboradores.
¿Cuál fue tu mayor logro dentro de la industria automotriz?
Sería muy egoísta asignarme logros a título personal. Es una industria compleja en la que todo se hace en equipo, por más que haya algún liderazgo personal por el rol que tenía asignado. Creo que mi mayor aporte fue ayudar a tender los puentes para que aun, pese a no estar transitando las mejores situaciones macro, las inversiones se realizaran y tuvieran líneas de financiamiento que permitieran avanzar con los nuevos desafíos.
¿Qué opinás del rumbo que ha tomado la industria automotriz actualmente, con la electrificación, los autos autónomos y la inteligencia artificial?
Desde que dejé Stellantis hace cuatro años, trato de involucrarme lo menos posible en la industria automotriz argentina, y sigo por arriba lo que ocurre con el grupo a nivel mundial, donde acaba de confirmarse como CEO global de Stellantis a Antonio Filosa, que fue chief operating officer de FCA en Argentina varios años.
Has sido un empresario que jamás temió expresarse públicamente. ¿Considerás que eso ayudó o dificultó tu rol dentro del mundo corporativo?
La verdad, más allá de algunas reacciones puntuales, las opiniones que vertí públicamente a lo largo de mi vida con un rol relevante en el mundo corporativo, en ningún momento complicaron la gestión ni alteraron la relación que la empresa tuvo con cada administración. Hay un tema que ayuda a que fuera así: siempre mantuve las mismas posiciones a lo largo del tiempo, desde defender la libertad de expresión y demás libertades cívicas, y juzgar que las mejores políticas para el desarrollo de las naciones y sus sociedades es la libertad de mercado, la libertad de las empresas, el Estado eficiente pero focalizado en atender los servicios esenciales de seguridad, educación, inserción en el mundo, salud, infraestructura, y en el máximo aporte posible del sector privado. Además, mis opiniones son a título personal, no necesariamente como titular de tal o cual empresa. Finalmente soy un argentino más con derecho a opinar.
¿Los empresarios en Argentina participan lo suficiente en el debate público y político?
Más o menos… En general se expresan a través de las cámaras, asociaciones, fundaciones de las que participan o financian. En gran medida, cuando el Estado es un jugador que regula e incide excesivamente en las diferentes actividades, los empresarios evitan enemistarse.
¿Qué legado te gustaría dejar como empresario?
La pasión por ser protagonista en el proceso de creación de valor, de equipos, y de privilegiar el sentido de la libertad en todas sus aristas.
¿Qué consejos les darías a los jóvenes que hoy quieren emprender en Argentina?
Obviamente insistir en la importancia de formarse, actualizar conocimientos y aceptar con pasión los desafíos de emprender nuevos negocios, actividades, sabiendo que hay riesgos y que uno puede fracasar, pero también volver a reinventarse.
¿Cómo ves hoy, de cara al futuro, a la Argentina?
Con mucha expectativa positiva para que cambiemos la Argentina que del 30 a la fecha viene involucionando, salvo pocas gestiones que impulsaron cambios e inversiones para intentar ser un país normal y serio. Me da confianza que el mismísimo presidente Milei sea el primer abanderado en la urgencia de alcanzar y sostener el superávit fiscal, esencial para bajar la inflación, fenómeno que altera la toma de decisiones empresarias, pero especialmente golpea de lleno a la población de menos recursos. Y que además haga foco en desregular actividades muy condicionadas por excesos de intervención del Estado, y en privilegiar la libertad y la apertura económica; o sea en generar las condiciones para que Argentina pueda nuevamente interesar a quienes definen las inversiones. También están en la agenda del gobierno otros temas claves, pero restan hacerse realidad por la relación de fuerzas en el Congreso y otros condicionantes. Es esencial avanzar en una reforma laboral para evitar que la informalidad domine el mercado de trabajo y facilitar nuevas actividades, y también la reforma del sistema tributario, que requiere de un trabajo de colaboración entre la Nación y las provincias, ya que no solo se trata de ir eliminando impuestos sin sentido, sino especialmente los distorsivos, como el impuesto al cheque, las retenciones, a los sellos e ingresos brutos, un tributo de las provincias que requiere transformarse en un IVA provincial. Son reformas clave para eliminar asimetrías con economías con las que competimos. En definitiva, se trata de evitar el costo argentino.


