Caminar por Av. Gorlero es la prueba más sencilla: Punta del Este dejó de ser sólo un refugio estival. Hoy late los 12 meses.
Hablar de Punta del Este es hablar de un paisaje que se reinventa. La postal clásica —sol, playa y turistas de paso— ya existe, pero si uno camina con calma por la avenida Gorlero lo notará: la ciudad que supimos conocer como un paraíso de verano hoy muestra un pulso constante, una actividad que se extiende más allá de la temporada alta y que reclama un lugar en el calendario anual del turismo y los negocios.
En pleno invierno, la imagen se repite: locales gastronómicos llenos, colas a la hora de cenar y tránsito fluido por la principal arteria. Los comercios permanecen abiertos, la plaza de los Artesanos recibe visitantes y, en la esquina con la Plaza Artigas, una torre espejada —el World Trade Center— se asoma para confirmar una transformación: la ciudad no sólo recibe turismo, sino también trabajo en clave global. El WTC no es sólo un edificio; es la prueba de que decenas de jóvenes hoy podrán trabajar para el mundo desde Punta del Este.
La rambla, por su parte, acompaña la metamorfosis. Allí se erige el renovado San Rafael, que bajo la marca del Grupo Cipriani recuperará no solo la vida del hotel icónico, sino también una propuesta ampliada con casino y tres torres, entre las cuales se destaca la que aspira a ser una referencia por su altura en la región. Son señales urbanas de que la ciudad mira al futuro con ambición.

Los números refuerzan la sensación: en el primer trimestre del año Uruguay recibió 1,3 millones de turistas, y Punta del Este concentró 306.199 de esas visitas. Pero la década cambió con la pandemia: fue entonces cuando muchos visitantes descubrieron que el balneario podía ser algo más que una estación de playa; era, además, un lugar habitable todo el año. Ese despertar transformó hábitos, inversiones y expectativas.
En lo demográfico, Maldonado presenta dinámicas propias: el censo 2023 contabilizó 212.954 habitantes, una cifra que proyecta un crecimiento sostenido —con estimaciones que hablan de acercarse a los 300.000— y una población relativamente joven: casi el 29% tiene entre 15 y 34 años, y un 40% entre 35 y 64. Es una pirámide poblacional que impulsa consumo, cultura y demanda por servicios permanentes.
Ese crecimiento exige respuestas concretas: recolección de residuos, mantenimiento urbano, iluminación, limpieza y cuidado del entorno natural. Pero también requiere oferta de ocio y cultura. En ese sentido, la Intendencia de Maldonado viene impulsando desde hace años lo que denomina “fiesta por pueblo”: un calendario de celebraciones locales que se distribuye a lo largo del año para poner en valor cada localidad. Así, a mitad de noviembre se celebraron las Jornadas Carolinas en San Carlos; Pan de Azúcar recibió la cuarta edición de la Fiesta Nacional del Chorizo; en diciembre llegará la Vuelta al Pago en Garzón y, más adelante, se desarrollarán festividades como la Fiesta del Jabalí, Los Talas, Pueblo Edén, el Abrazo de Solís y Aigúa un Gusto, entre otras.
Además, el impulso a un turismo que no sea solo estacional se ve en los números del segmento nupcial: desde 2022 se registraron 2.130 casamientos en todo el departamento. Maldonado, Punta del Este, Aiguá y San Carlos se han consolidado como destinos elegidos para bodas, convenciones y eventos privados —actividades que generan flujo sostenido y oportunidades para la hotelería, la gastronomía y servicios conexos.
La ciudad, entonces, se está resignificando: arquitecturas nuevas, proyectos inmobiliarios ambiciosos, una oferta cultural y gastronómica en expansión y una comunidad empresaria que apuesta por transformar temporalidad en permanencia. El desafío, ahora, es sostener ese crecimiento con políticas públicas eficientes y un equilibrio entre desarrollo y conservación: mantener la magia del balneario sin resignar la calidad de vida de quienes viven allí todo el año.
Punta del Este no renuncia a su identidad veraniega; la amplía. Ahora apunta a convertirse en un destino que se viste de constante: un lugar para trabajar, celebrar, invertir y, por supuesto, seguir disfrutando. Caminar por Gorlero ya no es un recuerdo del verano: es la manera más simple y elocuente de comprobar que la ciudad cambió de huso. Y que lo hizo para quedarse.


