Abogada y artista plástica, Mónica Tiezzi fusiona espiritualidad, materia y energía creativa en una obra que invita a la introspección. Con exposiciones en París, Nueva York, España e Italia, reflexiona sobre el arte como acto de amor, conciencia y transformación interior.

En el universo de Mónica Tiezzi, el arte trasciende la forma. Es energía, vibración y encuentro. Sus obras, que combinan técnicas mixtas y materiales orgánicos, nacen de un proceso profundamente introspectivo donde la meditación y la creación se funden en un mismo gesto. “Mi arte es mi meditación —dice—. Es el espacio donde puedo estar totalmente presente, sin juicio. Cuando creo, me sumerjo en un estado de silencio activo, un diálogo entre lo espiritual y lo físico”.

Esa búsqueda interior la ha llevado a desarrollar un lenguaje visual donde lo sensorial y lo simbólico dialogan en equilibrio. “El amor es mi frecuencia de origen y destino —afirma—. No hablo del amor romántico, sino de una energía poderosa y transformadora. Mis obras son una invitación a conectar con ese amor, a reconocerse en él”.

El cuerpo ocupa un lugar central en su obra: territorio, memoria y verdad. “El cuerpo es el espacio donde habita todo lo que somos: lo dicho y lo silenciado, lo visible y lo oculto. Me interesa lo que el cuerpo guarda y lo que puede liberar cuando se vuelve imagen o textura”.

Las texturas, de hecho, son uno de sus lenguajes más potentes. Collages, telas, madera, objetos encontrados… cada material lleva una historia. “Me atrae lo imperfecto, lo que habla de lo vivo. Las técnicas surgen en diálogo con la emoción; no son un medio, son parte del mensaje”.

Tiezzi confiesa que su proceso creativo no responde a la razón sino a la escucha. “Cada obra me pide algo distinto. A veces es un proceso de capas y veladuras, otras veces algo más directo. Me entrego al ritmo del proceso, me dejo sorprender”.

Exponer, para ella, es abrir un portal. “No es solo mostrar un resultado, es habilitar un espacio de encuentro. Cuando una obra se comparte, deja de ser solo mía y empieza a ser de quien la mira. Ahí ocurre la verdadera obra”.

Su arte ha recorrido el mundo: París, Nueva York, España e Italia. “Cada exposición me deja una huella. No se trata solo de mostrar, sino de dialogar con otras culturas. Me reafirma que el arte es un lenguaje universal cuando nace desde lo auténtico”.

La meditación y la oración son parte esencial de su práctica diaria. “Cada día comienzo en silencio. Ese momento sagrado me alinea, me conecta con la frecuencia creativa. Mi práctica espiritual no está separada del arte: es su base”.

En tiempos donde todo parece acelerarse, Tiezzi defiende el arte como espacio de resistencia y conciencia. “El arte es pausa, es presencia. Nos recuerda que hay otras formas de habitar el tiempo y la sensibilidad”.

Y cuando se le pregunta cómo definiría su arte, responde sin dudar: “Mi arte es una ofrenda: un puente entre lo visible y lo invisible, una forma de tocar el alma a través de la materia”.