Con su obra fotográfica Antarctica, melting beauty, Aurora, Donna Paola Marzotto transforma la contemplación en testimonio: imágenes que conmueven y un llamado ambiguo, entre esperanza y pesimismo, sobre el futuro del planeta.
Montevideo, Punta del Este, Venecia: el mapa de Paola Marzotto es una mezcla de sal, salas de exhibición y viajes que cambiaron la dirección de su obra. Fotoperiodista en los setenta, diseñadora de moda en los ochenta y hoy fundadora de Eye-V Gallery, Marzotto llegó a la Antártida en 2020 y volvió a visitarla en 2023, con una misión que combina asombro estético y compromiso ambiental.
“Mi primer viaje a la Antártida en el 2020 fue un shock total —recuerda—, el hielo marino estaba derretido”. Aquel extrañamiento provocó su obra Antarctica, Melting Beauty, una serie fotográfica que nació con imágenes tomadas con un iPhone, que terminó por convertirse en una obra mayor, expuesta en la Bienal de Venecia (2021), presentada en la Escuela de Minas y Energía de Madrid (2022) y mostrada en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires durante la Cumbre C40, donde fue distinguida como Huésped de Honor. La segunda entrega, Antarctica Melting Beauty, Aurora (2023), documenta su travesía a bordo del rompehielos ARA Almirante Irízar y a la vez que condensa tomas en formato de icebergs, volcanes y paisajes que rozan lo metafísico.
Marzotto evita el artificio; “no uso Photoshop ni filtros”, afirma. Su misión es otra: capturar “el milagro intrínseco de la naturaleza”, fijar una neblina, una aurora, una luz que el ojo humano suele pasar por alto. “La fotografía artística es la mejor forma de contemplación activa que tengo a disposición”, dice. Esa contemplación, en su caso, se volvió una práctica ética con Eye-V Gallery, que reúne a “artivistas” que trabajan proyectos colectivos como Ode to Nature y Ode to the Ocean bajo la etiqueta #BetterEarthThanMars, una crítica a la fantasía tecnológica que pretende abandonar la Tierra sin resolver sus heridas.
Hay en su voz una mezcla de indignación y autocrítica. Al narrar, no duda: “Hay cruceros enormes con casino, un horror, pero yo misma cometí el mismo error. Somos todos pecadores”. La complejidad del gesto artístico —mostrar la belleza para generar respeto— se enfrenta aquí contra un efecto perverso: la curiosidad que impulsa la masificación y la invasión. “Si yo muestro la belleza de la naturaleza prístina, no invito a respetarla; la gente quiere ir a verla… y eso interpela nuestra responsabilidad colectiva”, sentencia.
Esa tensión —entre contemplación y responsabilidad— atraviesa su obra y su discurso público. Marzotto no busca la denuncia litúrgica, habla de narración. “Mi trabajo actual, aunque surge de una reacción al trauma del cambio climático, no es una mera denuncia, sino una narración serena cuyo poder radica en la belleza de las imágenes”, explica el dossier biográfico que acompaña sus series. Esa elección estética tiene consecuencias: sus imágenes conmueven sin vociferar y por eso logran abrir puertas en espacios tan diversos como galerías, parlamentos locales y foros internacionales.
Su trayectoria es plural: desde entrevistar a figuras como Andy Warhol en los setenta hasta diseñar prendas con técnicas japonesas Shibori en los noventa; del activismo político a la candidatura europea en 1999 hasta la búsqueda mística tras la pandemia. Todo ese bagaje aflora en su práctica actual. El rigor técnico convive con una sensibilidad que la empuja a pintar sobre sus fotografías y a convertir el acto de mirar en una forma de ofrenda. “Tan profunda es esta inmersión que en Punta del Este me caí dos veces”, relata con humor.
El eco de su trabajo se siente también en la pedagogía y en la acción colectiva: Eye-V Gallery promueve la idea de ser “embajadores de la naturaleza”, organiza exhibiciones y apuesta por la colaboración entre artistas con consciencia ambiental. Las muestras, desde Venecia hasta Madrid y Buenos Aires, prueban que la estética puede ser vehículo de conciencias.
Sin embargo, Marzotto mantiene un diagnóstico duro sobre la capacidad de cambio: se declara pesimista respecto a la política y a la apatía social. “Lo peor es la indiferencia de la gente”, dijo en una de sus entrevistas y esa afirmación subraya el gesto íntimo de su obra: más que instruir, busca conmover lo suficiente como para quebrar la pasividad.
Antarctica, Melting Beauty no promete soluciones. Ofrece, sin embargo, una experiencia: mirar la belleza que se derrite y, tal vez, reconocer en esa pérdida la urgencia de actuar. La obra de Marzotto es, por momentos, una elegía; por otros, una convocatoria. Y en ese vaivén —entre la maravilla y la culpa— la artista propone una pregunta que el espectador debe resolver: ¿qué hacemos con lo que vemos cuando la belleza nos duele?


