Celébramos el 118° aniversario de Punta del Este repasando su historia y los hitos que hicieron de este balneario el destino número uno de Uruguay.

Los orígenes de Punta del Este se remontan a principios del siglo XX. Inicialmente conocida como Villa Ituzaingó, fue rebautizada oficialmente como Punta del Este con la Ley 3186 del 5 de julio de 1907. Ese mismo año arribaron los primeros veraneantes a bordo del vapor Golondrina, invitados por la Sociedad Balneario Punta del Este. La llegada de aquellos pioneros no sólo marcó el comienzo del turismo local, también impulsó la economía regional y consolidó una nueva tendencia: el ocio costero como forma de vida.

En 1909, el presidente Williman designó a Juan B. Gorlero como intendente de Maldonado, quien llevó a cabo varias obras fundamentales. Instaló agua corriente, plantó los primeros pinos en la isla Gorriti, y — lo más importante — construyó la carretera que unió Punta del Este con la ciudad de Maldonado. Gracias a esta vía, el acceso se volvió más fácil y rápido, provocando un auge de visitantes que derivó en la apertura de los primeros hoteles: en 1910 se inauguró el Hotel British House, al año siguiente llegó el Gran Hotel España, y en 1924 se fundó el Yacht Club, semilla de la vibrante escena náutica que hoy caracteriza el puerto.

Con el correr de las décadas, Punta del Este evolucionó de pueblo costero a destino sofisticado. En 1948 abrió sus puertas el Hotel Casino San Rafael, una construcción brillante que importó materiales de Europa y se convirtió en epicentro del entretenimiento nocturno. Dos años más tarde, en 1950, el arquitecto Arturo Dubourg dio forma al Hotel L’Auberge: su torre de agua inspirada en castillos medievales lo convirtió en un icono de la ciudad. Fue también la época donde inició, en 1958, la construcción de Casapueblo, la obra mágica de Carlos Páez Vilaró, un complejo blanco de 13 pisos inspirado en arquitecturas mediterráneas (o el nido del hornero, según el propio artista), ofreciendo un balcón al atardecer que desde entonces congrega a quienes buscan una experiencia sensorial y espiritual única.

A partir de los años 60 y 70, la península se pobló de balnearios privados y clubes de playa donde la alta sociedad de Buenos Aires y Montevideo competía en elegancia y etiqueta. La Mansa y la Brava, ofrecían propuestas distintas: la calma de la bahía perfecta para deportes náuticos, y el oleaje bravo ideal para surfistas intrépidos. Paralelamente, comenzaron a surgir paradores que aún hoy perduran como La Huella en José Ignacio y Bikini en Manantiales, antenas del lifestyle más innovador.

En 1997 se inauguró el Punta del Este Convention & Casino Resort —el emblemático Conrad (hoy Enjoy) —, construyendo un puente entre el glamour europeo de los grandes resorts y el espíritu íntimo local. Este complejo renovó el concepto de juego y conferencias frente al mar, atrayendo congresos internacionales y a un público que buscaba combinar negocios con placer.           en busca de gastronomía de autor y propuestas culturales.

La “metamorfosis” de barrios como La Barra definió el nuevo milenio. Aquella zona aislada al sur de Punta, con su puente ondulado —obra del ingeniero Eladio Dieste en 1965 y réplica en 1999—, se llenó de casonas de diseño, galerías de arte y hoteles boutique. Hoy, La Barra convive con un creciente circuito de surf y galerías emergentes que presentan artistas locales e internacionales. José Ignacio, al suroeste, consolidó su aura bohemia: lo que fue un pueblo de pescadores y su faro centenario atrae ahora a celebridades que convierten sus calles en pasarelas informales, especialmente durante la temporada de verano.

En los últimos años, Punta del Este ha ampliado su oferta cultural: el Punta del Este Music & Arts Festival reúne a músicos de jazz y fado, mientras que la Semana del Arte exhibe instalaciones al aire libre del Festival Internacional de Escultura. Al calor de estos eventos, boutiques pop-up de firmas como Dior o Louis Vuitton abren temporalmente en Gorlero; y el distrito de diseño, con locales como Julieta Lutz y Mariano Toledo, destaca por sus muebles de autor y talleres a la vista.

La gastronomía no se queda atrás: restaurantes como Ara y Lo de Tere maridan la cocina local con vanguardia culinaria, mientras bodegas de Mendoza y Uruguay organizan catas junto a la pista de skate de la Península. La noche se animó con “lounges” como D-Bar y OVO Nightclub, donde DJs internacionales comparten cabinas con artistas emergentes.

Hoy, Punta del Este es sinónimo de sinónimo de glamour veraniego y moda. Cuando el sol quema la médula del verano, las playas se visten de hamacas de colores y sombrillas de diseño; y en invierno, las colinas de Maldonado ofrecen rutas de trekking que revelan rincones solitarios, testigos de ese pasado modesto y que hoy es epicentro de la sofisticación vernácula. Desde sus primeros baños en la Mansa hasta la “celebración del sol” en Casapueblo, pasando por desfiles de moda en la peatonal Gorlero y regatas de yates históricos, Punta del Este ha demostrado ser un destino en constante reinvención: una ciudad que aprendió a conjugar tradición y modernidad, y que celebra cada temporada como un desfile continuo de experiencias.